La vida según Akira Kurosawa

Manuel Ariza Canales

Resumen


La vida de Akira Kurosawa imita a su cine. El detonante de sus películas siempre es un momento de crisis que demanda una respuesta radical por parte de sus protagonistas. Asumir el reto o sucumbir, apenas caben otras alternativas. Los personajes del director y, no lo olvidemos, guionista japonés son supervivientes, vocacionales algunos de ellos, héroes imprevistos, casi diríamos por accidente, la mayoría. Resulta imposible imaginar a Kurosawa filmando una historia intrascendente, sólo para entretener y divertir; no, las suyas son fábulas morales, películas de tesis, que pretenden desentrañar las terribles o sublimes verdades de la existencia humana para mostrarlas aún palpitantes y calientes sobre la pantalla de un cine. Hasta las contadas escenas cómicas tienen, como en su adorado Shakespeare, una doble lectura, una reflexión ulterior, una enseñanza. Ningún fotograma gratuito, ningún diálogo inútil. Si algo se le puede reprochar, es su agotadora intensidad, su insobornable compromiso con lo que considera su deber como ser humano, intelectual y artista. En las fotos a Kurosawa se le ve siempre concentrado. En las de su juventud, con una sonrisa tensa, enérgica; en las de su difícil madurez, con la pétrea inexpresividad de un tótem. Señalando directamente con el dedo, componiendo un gesto que no contempla más réplica que la de una siguiente toma mejor, más ajustada a la imagen que hay en su mente y que nunca acabará de conseguirse.

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