Ignmar Bergman y los rostros del otro.

Carlos A. Segovia

Resumen


Hay, lógicamente, muchas maneras de organizar la imagen cinematográfica. En unos casos, ésta distribuye luces y sombras, confrontando unas y otras y extrayendo de ellas la idea de una oposición primordial que procede por variaciones de intensidad según una lógica disyuntiva. Es el caso, en general, del expresionismo; pienso, por ejemplo, en el Fausto de Murnau (Faust, 1926) o en Los Nibelungos, de Lang (Die Nibelungen, 1924). En otros casos, reúne las sombras en torno a una realidad luminosa que les es substraída en virtud de la no asimilabilidad de sus respectivas naturalezas, incluso si una parte suya es, finalmente, vencida por las circunstancias. Es el caso de la Lulú de Pabst (Die Büchse der Pandora, 1929).

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